Los cuidados intensivos entran en juego cuando el organismo ya no es capaz de mantener correctamente algunas funciones indispensables. Esto puede ocurrir por motivos muy distintos. Una infección grave, un traumatismo, una intoxicación, una afectación neurológica, una intervención quirúrgica o una enfermedad crónica pueden alterar una o varias funciones del organismo. El equipo intentará tratar la causa de ese fallo, pero el tratamiento puede llevar tiempo. Mientras tanto, algunas funciones tienen que seguir garantizándose.
Ese es el principio del soporte de órganos: ayudar temporalmente al organismo a hacer lo que ya no consigue hacer lo bastante bien por sí solo.
Esta ayuda puede adoptar formas muy diferentes: vigilar de cerca una función, prevenir una complicación, administrar un medicamento o sustituir una función mediante un dispositivo.
Para funcionar correctamente, las células del organismo necesitan oxígeno y producen dióxido de carbono, que hay que eliminar.
Para que este intercambio se produzca, varias funciones tienen que trabajar juntas: en particular, el aire tiene que poder llegar a los pulmones, los movimientos respiratorios tienen que ser suficientes y los pulmones tienen que poder pasar el oxígeno a la sangre y eliminar el dióxido de carbono. Por eso pueden surgir dificultades en distintos puntos de esta cadena:
Por tanto, necesitar asistencia respiratoria no significa necesariamente que los pulmones estén enfermos.
El equipo vigila la respiración y el intercambio de gases a partir de distintos datos: la frecuencia y la eficacia de la respiración, la saturación de oxígeno, la gasometría arterial y la evolución clínica.
Esta información permite saber qué parte de la función respiratoria está fallando y elegir el nivel de ayuda necesario.
Cuando el problema principal es la falta de oxígeno en la sangre, el equipo puede aumentar la cantidad de oxígeno que recibe la persona y adaptar el dispositivo: desde unas simples «gafas nasales» colocadas a la entrada de la nariz hasta una mascarilla con reservorio (mascarilla de alta concentración), conectadas a la toma de oxígeno de la pared, o un dispositivo de oxigenoterapia de alto flujo, con unas gafas más gruesas conectadas a un equipo que permite aumentar el flujo por encima de lo que dan los caudalímetros convencionales. En algunas situaciones, esto puede ser suficiente.
Cuando la persona no consigue mantener por sí sola una ventilación suficiente, se le puede poner una asistencia.
Esta asistencia puede realizarse con una mascarilla o con otros dispositivos (tubo endotraqueal, traqueotomía). Cuando hay que asumir una parte más importante de la respiración, un respirador puede encargarse de todo el trabajo respiratorio o de una parte.
El nivel de asistencia se adapta a cada situación y puede ir cambiando a lo largo del ingreso.
En algunas situaciones muy graves, puede ocurrir que los pulmones ya no sean capaces de intercambiar correctamente el oxígeno y el dióxido de carbono, a pesar de los tratamientos y de la ventilación mecánica.
En situaciones concretas, puede plantearse oxigenar y depurar directamente la sangre circulante mediante un circuito externo al cuerpo, que se encarga en particular de una parte del intercambio de gases antes de devolver la sangre al organismo. Esta técnica solo se utiliza en un número limitado de situaciones, no está exenta de riesgos y requiere una atención especializada. La asistencia respiratoria se adapta a la evolución de la persona.
Cuando la función respiratoria mejora lo suficiente, el equipo va reduciendo poco a poco la ayuda. Así, la persona puede ir recuperando progresivamente la respiración autónoma.
La sangre tiene que circular por todo el organismo para llevar oxígeno y nutrientes a las células y para eliminar, entre otras cosas, el dióxido de carbono y algunos desechos.
Para que esta circulación sea suficiente, es necesario sobre todo que el corazón impulse la sangre, que los vasos sanguíneos puedan adaptar su diámetro y que el volumen de sangre circulante sea suficiente. Por eso, en la UCI el equipo vigila constantemente la circulación y sus consecuencias sobre los distintos órganos.
La tensión arterial, el ritmo cardiaco y la cantidad de orina producida forman parte de los datos que pueden vigilarse. Otras mediciones, sobre todo los análisis, permiten valorar si los órganos reciben suficiente sangre y oxígeno. Esta vigilancia permite detectar rápidamente una circulación insuficiente y buscar su causa.
El tratamiento depende del motivo por el que la circulación es insuficiente. Cuando una persona ha perdido una cantidad importante de sangre o de líquidos, el equipo puede administrarle líquidos por vía intravenosa (gotero) y, si es necesario, transfusiones de sangre o de derivados sanguíneos. También pueden utilizarse algunos medicamentos para subir la tensión arterial o ayudar al corazón a funcionar. Estos tratamientos sirven de soporte a la circulación mientras se trata lo que la ha alterado.
En algunas situaciones muy graves, a pesar de los tratamientos, el corazón ya no consigue mantener una circulación suficiente.
En esos casos, algunos dispositivos mecánicos pueden encargarse de una parte del trabajo necesario para hacer circular la sangre. Estas técnicas se reservan para situaciones concretas, no están exentas de riesgos y requieren una vigilancia muy estrecha.
También en este caso, el nivel de ayuda puede ir cambiando según el estado de la persona. Cuando el corazón y la circulación recuperan una capacidad suficiente, el equipo puede ir reduciendo poco a poco los tratamientos y los dispositivos utilizados para darles soporte.
El buen funcionamiento de nuestras células depende de un equilibrio delicado. La cantidad de agua del organismo, la concentración de algunas sales minerales en la sangre, el nivel de azúcar o la acidez de la sangre tienen que mantenerse dentro de ciertos límites. Una enfermedad grave y sus consecuencias sobre los órganos pueden alterar estos equilibrios. Los riñones pueden regular peor el agua y las sales minerales, una infección puede modificar el metabolismo y algunos tratamientos pueden hacer variar la glucemia (el azúcar en sangre) o la cantidad de potasio en la sangre. Además, lo que la persona recibe como alimento y lo que pierde puede ser muy distinto de lo que ocurre en una persona sana.
Por eso, el equipo de la UCI vigila con regularidad estos distintos parámetros, sobre todo mediante análisis de sangre y el control de las entradas y salidas de líquidos.
Los líquidos administrados por vía intravenosa, los medicamentos, la nutrición y los demás aportes se adaptan a las necesidades de la persona y se cuantifican a diario. Por ejemplo, puede ser necesario aportar potasio o, al contrario, limitarlo. Cada día se calculan las entradas y salidas del paciente y la cantidad de líquido administrada se ajusta según su estado y su capacidad para eliminarlo, con el fin de mantener el equilibrio en la medida de lo posible.
Cuando los análisis muestran un desequilibrio, el equipo busca su causa y puede corregirlo. Para ello puede modificar los sueros, la alimentación o los medicamentos. Algunas situaciones requieren además un tratamiento más específico.
Por ejemplo, una glucemia demasiado alta o demasiado baja puede requerir controles frecuentes y un tratamiento adecuado.
En algunas situaciones, las funciones de regulación del organismo están demasiado alteradas como para mantenerlas solo con estas medidas. En esos casos, las técnicas de reemplazo renal (depuración extrarrenal) pueden ayudar, por ejemplo, a controlar la cantidad de agua y algunos componentes de la sangre cuando los riñones ya no logran hacerlo lo suficiente.
Incluso cuando una persona está gravemente enferma, su organismo necesita energía, proteínas, vitaminas y muchos otros nutrientes para funcionar y para recuperarse, pero en la UCI no siempre es posible comer con normalidad. La sedación, algunas alteraciones de la consciencia o de la deglución (la capacidad de tragar), o ciertas situaciones en las que no se puede utilizar el tubo digestivo pueden impedir una alimentación suficiente por boca.
En esos casos, se puede recurrir a la nutrición artificial para aportar al organismo lo que necesita.
Hay dos grandes tipos de nutrición artificial.
La nutrición enteral utiliza el tubo digestivo. Normalmente se administra a través de una sonda que pasa por la nariz o la boca y llega hasta el estómago. Esta sonda permite aportar las fórmulas nutricionales que el organismo necesita. También puede utilizarse para administrar algunos medicamentos y agua.
Cuando no se puede utilizar el tubo digestivo, se puede administrar nutrición parenteral directamente en las venas.
Los preparados de nutrición enteral y parenteral aportan, en proporciones adaptadas a las necesidades de la persona, proteínas, grasas, hidratos de carbono, agua, vitaminas y oligoelementos.
El equipo valora estas necesidades y las revisa periódicamente, en particular con la ayuda de los dietistas-nutricionistas.
El ingreso en la UCI supone una dura prueba para el organismo. La enfermedad grave, la inmovilización y la inflamación pueden provocar, entre otras cosas, una pérdida de masa muscular llamada sarcopenia. Por eso es importante aportar suficiente energía y proteínas para limitar en lo posible el consumo de las reservas del organismo.
Incluso cuando la persona puede volver a comer por boca, las cantidades que toma pueden seguir siendo insuficientes. El cansancio, los medicamentos, las pruebas, los cambios en el ritmo de sueño y vigilia o la falta de apetito pueden dificultar la alimentación. En ese caso, la nutrición artificial puede mantenerse como complemento de la alimentación por boca.
Se adapta a las necesidades de la persona. Por ejemplo, puede administrarse sobre todo por la noche si durante el día come mejor. A medida que la alimentación por boca va siendo suficiente, la nutrición artificial puede reducirse y después retirarse.
Después de un ingreso en la UCI, sobre todo tras una intubación, algunas personas pueden tener problemas de deglución (dificultad para tragar). El cansancio, algunas afectaciones neurológicas u otras situaciones también pueden hacer que la deglución sea menos eficaz.
En ese caso, al atragantarse, puede pasar comida o líquido a las vías respiratorias (broncoaspiración).
El equipo valora las capacidades de la persona y, cuando es necesario, los logopedas y los fisioterapeutas participan en su atención y su rehabilitación. Cuando se puede retomar la alimentación por boca, esta se adapta a las capacidades de la persona. En particular, puede modificarse la textura de los alimentos o de las bebidas para reducir el riesgo de atragantamiento.
Si la alimentación por boca sigue siendo imposible, demasiado arriesgada o insuficiente, se mantiene la nutrición artificial, de forma exclusiva o como complemento.
Cuando las necesidades nutricionales siguen siendo importantes durante un periodo prolongado, una sonda por la nariz o por la boca no siempre es la mejor solución. Según la situación, puede colocarse una sonda directamente en el estómago, mediante una gastrostomía, o en el intestino, mediante una yeyunostomía. Estas decisiones se toman en función de la evolución de la persona y de sus necesidades, de acuerdo con ella cuando puede participar en las decisiones, y con los distintos profesionales que intervienen en su atención.
Nuestro organismo produce continuamente desechos y sustancias de las que tiene que deshacerse. También tiene que mantener una cantidad de agua y de sales minerales compatible con el buen funcionamiento de las células.
Los riñones desempeñan un papel fundamental en esta regulación. Pero la eliminación no depende solo de los riñones. Los intestinos también participan en la evacuación de los desechos, y hay que mantener un buen tránsito intestinal. Por eso, en la UCI el equipo vigila lo que elimina la persona y cómo lo elimina.
La cantidad de orina producida a lo largo del tiempo se vigila con especial atención. Aporta información sobre el funcionamiento de los riñones, pero también sobre el estado general de la persona y sobre el equilibrio entre las entradas y las salidas de agua.
Cuando es necesario, una sonda vesical permite recoger la orina y medir con precisión su cantidad. No se pone de forma sistemática y se retira en cuanto deja de ser necesaria.
También pueden vigilarse el color y el aspecto de la orina.
Esta vigilancia permite al equipo detectar rápidamente una disminución importante de la producción de orina y adaptar el tratamiento.
El funcionamiento del intestino también se vigila.
En la UCI, el tránsito intestinal puede alterarse por la enfermedad, la inmovilización, algunos medicamentos, la sedación o los cambios en la alimentación. Pueden aparecer entonces estreñimiento o diarrea.
Por eso, el equipo vigila que el tránsito se mantenga adecuado e interviene si es necesario. Para ello puede adaptar la alimentación, movilizar a la persona cuando su estado lo permite o administrar medicamentos que favorezcan un tránsito normal.
El objetivo es que el intestino siga funcionando en la medida de lo posible, sin esperar a que aparezca una complicación.
A veces, a pesar de los tratamientos y de tratar la causa de la enfermedad, los riñones ya no logran cumplir suficientemente su función.
Los desechos pueden entonces acumularse. El agua también puede acumularse en el organismo, y algunos componentes de la sangre pueden alcanzar concentraciones peligrosas.
En algunas situaciones, el equipo puede recurrir entonces a técnicas de reemplazo renal (diálisis).
El principio consiste en hacer circular parte de la sangre por un dispositivo que permite retirarle algunos desechos y una cantidad determinada de agua. Así, esta técnica asume una parte de las funciones que normalmente realizan los riñones.
Cuando los riñones se recuperan lo suficiente, el equipo puede retirar progresivamente este soporte.
Por tanto, la sonda vesical y la diálisis no responden a la misma necesidad. La primera sirve, sobre todo, para recoger y medir la orina. La segunda puede sustituir temporalmente una parte del trabajo de los riñones cuando estos ya no logran cumplir algunas de sus funciones.
En la UCI, una gran parte de los cuidados consiste también en preservar las capacidades que la persona todavía puede utilizar y en preparar las que tendrá que recuperar después de la fase aguda de la enfermedad.
La inmovilización prolongada, la enfermedad grave, la desnutrición y algunos tratamientos pueden provocar una pérdida importante de fuerza muscular. Esta pérdida puede empezar muy pronto y hacer que después los gestos más sencillos resulten difíciles: darse la vuelta en la cama, mantenerse sentado, levantarse, caminar o simplemente respirar lo suficiente por sí mismo. Por eso, cuando el estado de la persona lo permite, el equipo intenta mantener en la medida de lo posible cierta actividad física y autonomía.
Los fisioterapeutas y otros profesionales del equipo pueden proponer, en particular, movilizaciones adaptadas. Al principio pueden ser muy sencillas y luego ir avanzando poco a poco: mover brazos y piernas, sentarse en el borde de la cama, pasar al sillón, ponerse de pie o volver a caminar. La nutrición también contribuye a preservar estas capacidades, sobre todo aportando suficiente energía y proteínas para limitar la pérdida muscular.
La movilización y la rehabilitación no siempre son posibles de inmediato. Se adaptan al estado de la persona, a su nivel de alerta y a los tratamientos que necesita.
Aun así, el objetivo es no esperar a que la enfermedad haya terminado por completo para empezar a rehabilitar las capacidades del cuerpo. En cuanto es posible, y sin poner en peligro a la persona, el equipo acompaña poco a poco la recuperación de la autonomía.
En la UCI, una persona puede dejar de ser capaz, durante un tiempo, de hacer ciertas cosas por sí misma, pero también de comunicarse, de contar quién es, de expresar lo que le resulta familiar o de participar en las decisiones que le afectan. El equipo no se ocupa solo de sus funciones vitales. También intenta conocer a la persona que hay detrás de la enfermedad.
Los familiares y allegados pueden aportar información muy valiosa: sus costumbres, sus gustos, su ritmo de vida, lo que la tranquiliza o, por el contrario, lo que la inquieta, las personas importantes para ella. Esta información permite al equipo comprender mejor quién es y adaptar en lo posible su acompañamiento.
La habitación también puede personalizarse con objetos familiares: fotografías, música, ropa, productos de aseo u otros objetos que sean importantes para la persona. Estos elementos pueden ayudar a mantener un vínculo con su vida habitual y con su entorno.
Mientras el paciente está sedado, en coma o incluso confuso, apenas conservará recuerdos de lo que vive. Sin embargo, sí le quedarán huellas y secuelas, y puede sentir una gran necesidad de reconstruir lo que le ha pasado. Por eso, la familia y el equipo pueden dejar constancia de lo que ocurre gracias a un diario de UCI.
En él se pueden contar los acontecimientos importantes del ingreso, las etapas de la hospitalización, las visitas o algunos momentos del día a día. Más adelante, la persona podrá leer el diario cuando sienta la necesidad de hacerlo.
En esos momentos, el equipo también hace, en cierto modo, de soporte para la persona: vela por sus necesidades, sostiene su historia junto a ella y la ayuda a seguir presente en su propia atención, incluso cuando todavía no puede participar plenamente en ella.
Evidentemente, esta atención no sustituye a la persona. Permite acompañarla hasta el momento en que pueda recuperar poco a poco su lugar en sus cuidados y en las decisiones que le afectan.
Que un órgano necesite soporte no significa necesariamente que haya fallado de forma definitiva.
A veces, el soporte simplemente permite tomar el relevo mientras el equipo trata la causa de la enfermedad y da tiempo al organismo para recuperarse.
Si has notado otros «efectos secundarios» de la UCI en los que no hayamos pensado, ¡no dudes en contárnoslo! LifeMapp se enriquece con las experiencias de cada persona.